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Nací en un barrio
argentino, con empedrados grises y desafiantes inviernos
empecinados en amarillear y hacer caer las hojas de los árboles.
Aún siento en mis manos el frío de la escarcha.
Nací lejos del mundo donde los colores se plasman sobre
deslumbrantes alfombras, tapices y sedas que dan placer al tacto
y a la vista. Nací lejos de los enigmas del velo y las danzas
apasionadas que con su serpenteo, ondulan montículos de arenas
en el desierto.
Pero puedo sentir orgullo, al decir que viví entre esos dos
mundos, unidos en mi interior. Uno de ellos, el que heredé de
mis abuelos libaneses, mundo de ensueños. El otro, el de Buenos
Aires, la ciudad donde amanecí desperezándome con tangos
cantados desde una radio de madera.
Crecí aquí, con el rock importado del Norte, bailado por jóvenes
que se movían eléctricamente, también con el folklore argentino,
tan comprometido con la gente del interior, las canciones
nacionales de moda, y más géneros musicales que me enseñaron a
entender a este país. Pero yo disfrutaba escuchando una melodía
diferente, la música árabe.
Recuerdo que los fines de semana cruzaba al club libanés frente
a mi casa de Parque Patricios, y me quedaba horas disfrutando de
la orquesta que tocaba con exóticos instrumentos de formas
atípicas. El “laúd” similar a la pera, el “derbake” forrado con
sugestivo nácar que me hipnotizaba gracias a sus reflejos, la
“nay” flauta de viento inspirándome a soñar, el “daf” o
panderetas con chapitas. Todos me regalaron un mundo
maravilloso. Imposible salir del encantamiento.
En ese clima de algarabía, aparecían los bailes de las
odaliscas: brillantes mariposas multicolores, regalando el arte
de alegrar la vida.
Sí, nací en Buenos Aires, donde aprendí la cultura del asado a
la parrilla, el sabor del dulce de leche y la yerba mate, pero
esperaba ansiosa los domingos como días sagrados, porque en la
mesa del mediodía, no faltaba como postre, el baklawa, los
greibys y el café con cardamono triturado.
Por la cultura heredada, por los inolvidables momentos vividos,
por todo lo que describí anteriormente y desde aquí, a varios
kilómetros de distancia defiendo al Líbano.
Al Líbano, herido por fuerzas sin sentido que impiden la danza a
sus mariposas multicolores.
Al Líbano, presionado por pactos no racionales, que acallan el
rugido de sus instrumentos.
Al Líbano. amenazado por el silencio de quienes podrían
ayudarlo.
Al Líbano, que se cansa de reclamar justicia, para que nunca
termine de humear el aroma de la paz.
La indiferencia permite desvirtuar lo dulce de la vida.
Graciela N Chajud
Av. del Libertador 2354 - Capital federal- Tel:
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Los Nº de la Revista
Una Mirada al Líbano
de la Lic. Alicia Dakesian
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