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Desierto del Zahara…
Te anochecí con lágrimas y me amaneciste en emoción.
Te caminé y en las dunas sedientas y arenosas, encontraste la nostalgia
ancestral de mis abuelos. Robaste mis huellas y te seduje en el hurto.
Coqueteamos al unísono cuando el sol se escondía en areniscas.
Fuimos amantes declarados cuando ese mismo astro expandía su luz en una ardiente
madrugada.
Te imaginé tantas veces y de tantas formas, que no supe descifrar en ese
instante, qué es lo que sentía… porque todo era igual y todo diferente. Los
matices ocres dibujaban siluetas inexistentes que al danzar, se confundían con
una realidad inventada de quienes llegamos a Marruecos, buscando diferentes
horizontes.
...El mío estaba ahí… extendiéndome una alfombra milenaria y polvorienta que
cautivó el asombro con aroma a menta, en un pocillo de té que se dormía adrede
entre mis manos.
Fue algo asi, como una expedición al corazón de los secretos.
Levanté mis ojos. Observé que mi mirada se marchaba en dromedarios y entre
turbantes y túnicas celestes y azulinos, los bereberes y nómades pronunciaban
palabras, antes escuchadas.
¡Si! Porque mis abuelos, los tuyos, que emigraron como tantos abuelos,
pronunciaban a diario un: As-salaam-alaykum (que la paz sea contigo) y mi viejo,
como los tuyos respondían “malaykum-salam” (te deseo lo mismo), y numerosas
frases que en el eco del paisaje, se tornaban familiares... y extraían de mi
memoria, olvidadas pronunciaciones... por el tiempo... seguramente.
Pasada las 8 de la mañana mis pies apretaban las montículos de arena queriendo
grabar, sin quererlo, el paso de mi esencia en esa perspectiva... tan soñada...
tan anhelada.
Marruecos fue un viaje programado.
Vivencié el antes, con ansiedades... el durante con asombros y el después...
quizás cuando pasen los días consiga transmitirte la vibración de mi loco
corazón.
La música árabe resonaba en cada rincón visitado... y mis manos sacaban de la
mochila el caderìn –rojo y con monedas doradas- que atándolo a mi cintura, me
creía odalisca sin barreras de idioma o de lugar... Dancé una y mil veces al
compás de la armoniosa melodía tan particular... arraigada desde siempre en mis
sentidos.
¡cómo te gusta esta sinfonía!... ¿entendès lo que dice? Me preguntó Estella.
Le respondí: No entiendo el idioma, lo siento. Lo llevo en mi alma.
No tuve intención de explayarme en el tema, porque quise saborear cada instante,
cada minuto, cada segundo...
Estella integraba el grupo, es delgada y no podíamos deducir su edad. Porque
caminaba despacio, con sus hombros caídos y su rostro no tenía arrugas. Más
tarde, cantó 60 años. ¡Sesenta años! Dijimos todas las mujeres... ¡No los
representàs! ¡te conservàs en formol! Acotó Angélica, que decía ser sicóloga...
Decía...
Ester Faride Matar.
(29/septiembre/08)
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