|
Por Kim Ghattas, “The Dawn”, 16 de agosto de 2000
AINATA (Sur del Líbano). Era un día soleado, un jueves tranquilo. Ella
estaba almorzando con su familia cuando un auto se paró en la calle y dos
hombres le pidieron que los acompañara para contestar algunas preguntas.
El 2 de septiembre de 1999, Cosette Ibrahim, una periodista de 24 años,
fue llevada de la casa de sus padres, en el pueblo cristiano de Rmeich,
para ser interrogada por Aqi Hashem, un oficial del ejército del Sur del
Líbano y entonces comandante del sector occidental de la zona ocupada por
Israel.
Hashem le dijo que si no respondía a las preguntas en su oficina, sería
llevada a la temida prisión de Khiam, controlada por el SLA (Ejército del
Sur del Líbano) con la tácita aprobación de los israelíes.
Durante los últimos 15 años, Khiam ha sido sinónimo de miedo, tortura, y
violación de los derechos humanos.
Una desconcertada Cosette subió al auto. A poco de andar se dio cuenta de
que, efectivamente, se dirigían a esa prisión.
“Extrañamente, hay una especie de alivio en ese momento. Al menos una sabe
dónde la llevan, y sabe que no puede hacer nada al respecto”, recuerda
Cosette.
Cosette era una más entre las 3.000 personas prisioneras en el siniestro
centro de detención de Khiam.
Algunos eran arrestados, después de que se los encontrara pasando
información a Hezbollah, que condujo la guerra de liberación contra la
ocupación. Otros simplemente fueron arrestados por simples sospechas.
Algunos fueron detenidos por resentimientos personales. Miles de vidas
fueron tronchadas y familias enteras destrozadas en el proceso.
“Después de negarme muchas veces a brindarle información, sentí que
Youssef Hashem, que estaba a cargo de la seguridad de nuestro pueblo,
había desarrollado inquina contra mí. Ésta era su venganza”, dijo Sawsan
Khanafer, una maestra de 24 años, que fue llevada a Khiam en febrero del
2.000.
El centro de detención de Khiam fue establecido por los israelíes en 1985.
Ellos estuvieron a cargo hasta 1987, cuando lo pasaron a sus aliados, el
ESL, aunque todavía mantenían el control.
La presión del Comité Internacional de la Cruz Roja para visitar el centro
de Khiam obligó al ESL a mejorar las condiciones de detención. Sin
embargo, pasó más de un año antes de que permitieran a dicho organismo
internacional inspeccionar la prisión, en enero de 1995.
A pesar de la presión internacional, los métodos de tortura continuaron
con la misma intensidad. Ex presos dicen que éstas incluían ser pateados
con botas en todas partes del cuerpo, picanas eléctricas aplicadas contra
las partes húmedas, ser colgados cabeza abajo, generalmente casi desnudos,
quemarse bajo el sol y ser empapados por una lluvia intensa.
Cada día, durante 20 días, dos guardias mujeres venían a llevar a Sawan
para su sesión de interrogatorio. Le colocaban una bolsa en la cabeza, le
ponían esposas en las manos, y la arrastraban a una habitación donde debía
responder al interrogatorio durante dos horas a la mañana y dos a la
tarde.
“Los primeros tres días todo fue pasable. No me golpearon. En realidad, le
dije a mi interrogador que pensaba que Khiam no era tan malo como pensaba.
Me contestó que los medios exageraban”, dijo Sawsan.
“Pero entonces pude comprobar cuán malo era”, añade. La hicieron
arrodillar y sostener una silla en el aire con las manos esposadas durante
horas. La amenazaron con que se electrocutaría si la dejaba caer.
Cada vez que se sentía desfallecer, pensaba en el electroshock. Pero, al
final, no pudo evitar caer al suelo. Le arrojaron agua y le aplicaron
picana eléctrica entre los dedos.
Los golpes en la cara le quebraron la nariz y desarrolló una alergia en
todo el cuerpo, que se infectó.
Sin embargo, a pesar de la horrible odisea, Sawsan sostiene que tuvo
suerte de ser mujer. Las torturas a las mujeres eran menos severas que las
que debían soportar los hombres.
Sawsan dice que lloraba hasta quedarse dormida en su celda solitaria,
donde permanecían todos los prisioneros hasta que terminara el
interrogatorio.
“Lo peor para mí fue cuando dejaron de venir a buscarme para el
interrogatorio”, recuerda.
Después de dos meses, la pusieron en la misma celda con otra muchacha,
Ismahan Khalil. Luego se sumaron Cosette y Najwa Samhat, madre de cuatro
hijos, cuyo esposo e hijo fueron detenidos al mismo tiempo.
Las cuatro mujeres pasaron sus últimas semanas de detención tratando de
conservar una actitud positiva. Sabían que el primer ministro israelí,
Ehud Barak, había prometido, ante las elecciones, que se retiraría del
Líbano el 7 de julio. Esto era algo que daba esperanzas.
Y llegó antes de lo esperado.
El 23 de mayo, los gritos de “Allah Akbar” resonaron en el patio de la
prisión. Era un grito que ellas recordarán siempre.
“Pensábamos que tal vez el ESL estaba matando a los detenidos antes de
irse, pero pronto vimos desde un hueco en la puerta, que la gente se
amontonaba y un hombre nos abrió la puerta”, dice Sawsan.
Nadie se reía, nadie lloraba. Estaban todos aturdidos hasta que se dieron
cuenta poco a poco de que finalmente estaban libres y de que su peor
pesadilla había terminado. Sus oraciones habían sido escuchadas. Los 22
años de larga ocupación de Israel habían llegaron a su fin el 24 de mayo.
Cosette no lamenta su detención. “Al final, fue gracias a nuestro
sacrificio y el de los demás prisioneros, que nuestro país fue finalmente
liberado”, dice. Todos los detenidos están volviendo a habituarse poco a
poco a la vida y a la libertad.
Para Sawsan, la nueva libertad es doble, ya que no sólo fueron liberados
los prisioneros de Khiam, sino que sus pueblos también lo fueron de la
ocupación israelí.
Sin embargo, las heridas son profundas. Pasará algún tiempo antes de que
los habitantes del Sur del Líbano aprendan nuevamente a hablar sin miedo.
“Aprendí el precio de la libertad en la prisión. Por supuesto, siempre
fuimos mentalmente libres mientras estábamos en Khiam, pero también
habíamos soportado 22 años de ocupación y miedo constante, y eso fortalece
el carácter”, concluyó Sawsan. |