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Llegó
al puerto de Buenos Aires, vino del Líbano.
De
él puede decirse que trajo de su tierra su escaso equipaje material :
ropas
típicas (extrañas en estas latitudes), algunas frazadas de lana, las imágenes
de sus santos queridos, algún derbake, el jarrito para preparar el kaswe con el
sabor natal, un narguile, un Corán ... tal vez un másbaha.
Era
muy poco, pero el vino a trabajar fuerte para ganarse honradamente lo que le haría
falta...Y tal vez se fue al campo, donde poco a poco se transformó en el
caminante que recorrió a pie las inmensas pampas llevando a cuestas la mercancía
que esperaban los paisanos en sus casas, esos paisanos que ahora vestían al la
manera de los otros árabes, los que habían llegado cincuenta años antes, en
la primera inmigración, los que fueron campesinos o pulperos, los que
engrandecieron la patria con su vida honrada y laboriosa, los que dieron a la
Argentina hijos notables, costumbres de su tierra, una tradición de trabajo y
bonhomía.
....O
tal vez se quedó
en la ciudad, o en los arrabales, o en los poblados provincianos, donde
instaló su tienda, o fundó su empresa, porque comerciar era el mandato que le
había trasmitido su sangre fenicia.
Y
soñó con el mañana, mientras criaba a sus hijos, en esta tierra generosa a la
que , agradecido, les enseñó a amar.
Y
todos lo conocieron como El Turco, el que tomaba mate y comía el Kebbe , que
convidaba a sus vecinos en tanto explicada que era Libanés: ni turco, ni
sirio-libanés, que el Líbano era el país donde había nacido, que estaba a
orillas del mediterráneo, que tenía montañas, que en lo alto de las montanas
había nieve todo el año...
Y
la nueva tierra lo honró con su respeto y reconoció en ese hombre, al que había
llegado del Líbano, al que avanzaba tenaz recorriendo todos sus caminos, al que
tanto en tanto para no aflojar el paso canturreaba algún dabke, o una canción
de la infancia , tal vez el himno libanés.
Y
el viento que corre por el asfalto de las ciudades, que escala los ceros
andinos, que arremolina los ríos o que mece los pastizales en los campos
argentinos, aprendió a entonar
...”Kuluná liluatan lilhula lilalam...”
Y
hoy, los
hijos de estos inmigrantes que sabemos que esa historia y ese pasado fue el
crisol de nuestras vidas y que en esa estirpe de hombres se gestó el ser que
nos alienta, continuamos en ese camino, modelo de nuestra crianza, empeñados en
ser y transmitir ese mismo modelo para nuestros hijos.
Arraigados
en esta tierra, tan lejana de la de nuestros padres y nuestros abuelos,
mostrando con orgullo los rasgos de nuestra raza, podemos responder a quienes
quieran saberlo que si, que somos los herederos de un pueblo milenario que nos
dio, entre otras características, una tradición intelectual, de paz, de
libertad y honestidad, que no podrá ser negada por ningún intento de
menoscabar la historia libanesa, la historia del inmigrante, nuestra historia
que fue es y será digna.
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