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Cuando
el Jet Boeing 777 comenzó a carretear por la pista de Ezeiza, el 15 de
febrero de 2005, no imaginábamos que un mundo de sensaciones diferentes se
nos acercaba.
Volamos a 11.000 m. de altura, aproximadamente 12 horas, para recorrer los
11.300 Km. que nos llevaban al norte de Italia. La oscuridad del océano
Atlántico contrastó notablemente con las luces que divisamos de Málaga,
Barcelona, Niza y algunos otros pueblos más pequeños que parecían titilar
en la noche del Mediterráneo.
Los Alpes nevados le pusieron en el amanecer, el toque de espectacularidad
al descenso en el aeropuerto de Malpesse (Milano). Allí empezamos a tomar
contacto con otro mundo: Hindúes, Africanos, Japoneses y muchísimos
Europeos, nos llenaron los sentidos de voces incomprensibles y colores
extravagantes.
En horas de la mañana reiniciamos nuestro viaje hacia el destino soñado, y
todavía lamento que mis ojos llorosos no me permitieron distinguir desde
el aire, esa tierra bendita que simulaba estar cubierta por la bandera
roja y blanca, haciendo alusión a la sangre de su pueblo, que tiñó a lo
largo de las diferentes conquistas, sus montañas nevadas.
La visita al Líbano, la iniciamos con un city-tours por su capital:
Beirut. La misma coincidió con el terrible atentado al ex primer ministro
Rafic Hariri. A pesar de la tristeza generalizada que encontramos por este
lamentable episodio, Beirut nos sorprendió por su riqueza arquitectónica,
sus grandes contrastes, la rápida recomposición de las heridas sufridas
durante su terrible guerra civil y la incomparable amabilidad y
hospitalidad de sus habitantes. Cien veces destruida y otras tantas veces
reconstruida, es una mezcla encantadora entre oriente y occidente, que
nunca dejará indiferente a un viajero. Las lujosas tiendas de reconocidas
marcas internacionales conviven con pequeños y bulliciosos comercios de
artesanías; espectaculares y modernos edificios se construyen al lado de
otros destruidos y abandonados.
Nuestra primera experiencia: una encantadora caminata por el “Corniche”,
la famosa costanera, en donde nos sorprendió la “Bahía de las Rocas” con
sus espectaculares restaurantes y confiterías. Deleitarse con un té de
menta, un café y fumar un Narguile, son experiencias que no la podremos
olvidar.
Continuamos con un recorrido por la Plaza de la Estrella o Plaza Etoile,
antiguo foro romano donde se encuentra el parlamento, la biblioteca
nacional, la Catedral de San Elías (rito greco ortodoxo, del siglo XIX),
Catedral Maronita de San Jorge (fundada en 1888), su homónima de 1767 del
rito Greco-ortodoxo, los baños romanos y múltiples mezquitas que parecían
señalar el límpido cielo azul con sus alminares.
Otro momento impactante fue la visita al Museo Nacional. Allí se destacan
tesoros fenicios, joyas, objetos de arte, estatuas y documentos
procedentes de Byblos, mosaicos descubiertos en Baalbeck y la estrella de
museo: el sarcófago del Rey Ahiran de más de 3.000 años de antigüedad con
una de las primeras manifestaciones de la escritura fenicia.
La visita a Beirut, la completamos con una caminata por la calle Hamra y
por el Shoping ABC, donde se encuentran los negocios de mas jerarquía.
Desde Beirut, hay fundamentalmente 3 recorridos para destacar. El primero
hacia el norte del Líbano. Comenzamos con una visita a Harisa, con el
famoso santuario en la cima de la montaña, dedicada a Nuestra Señora del
Líbano. Desde allí, se tiene una vista panorámica de la Bahía de Jounieh y
de la ciudad de Tabarja. Esta última tiene un encanto especial para
nosotros, pues allí no solo encontramos la casa natal de mi abuelo
paterno, sino que además, pudimos visitar a sobrinos de él. Los nombres de
Tonny, Shakia, Antoine, el padre Jean y muchos otros, quedaran en nuestro
recuerdo por permitirnos regresar a las raíces de mi familia y de una
tierra tan lejana como querida.
Continuando hacia el norte, visitamos la ciudad de Byblos, una de las más
antiguas del mundo, construidas por los fenicios hace más de 7.000 años.
En sus ruinas se han encontrado un templo que perteneció a Baalat (diosa
fenicia), tumbas, altares, un teatro romano y uno de los vestigios más
impactante: el Castillo de los Cruzados del siglo XIII y la vieja Iglesia
de San Juan. Byblos también es conocido por su pintoresco puerto medieval,
donde pequeñas embarcaciones de pesca se mecen suavemente en las olas.
Siempre hacia el norte, pudimos visitar Trípoli, la segunda ciudad del
Líbano. La ciudad antigua sorprende al viajero por su población musulmana,
con sus características túnicas, preferentemente negras para las mujeres y
con el hiyab que cubre no solo sus cabellos, sino también sus rostros.
Trípoli conserva su pasado mejor que cualquier otra ciudad antigua del
país. Un especial perfume oriental emana de sus famosos “souks” o
mercados, construido en diminutas calles tipo laberinto. Allí pueden
visitarse, sastrerías, zapaterías, jabonerías y en especial: “la calle del
oro”, donde armenios trabajan en forma refinada este metal. Otra cita
imperdible: la fortaleza de los Cruzados, el Castillo de Saint Pilles y
las innumerables mezquitas. Recorrer estos edificios sagrados, con todo el
respeto por sus diferentes creencias, es parte de un inagotable
intercambio cultural, que vence la barrera del tiempo.
Ya de regreso hacia Beirut, una recomendación: no deje de visitar las
Grutas de Yeita. Conocerlas, implica un viaje hacia el centro de la
tierra. A mas de 1500 m. de profundidad, un sin fin de estalactitas y
estalagmitas conforman un mundo subterráneo y casi sobrenatural.
El segundo itinerario, comprende un recorrido hacia el sur del Líbano,
atravesando las Montañas Chouf. Allí nos transportamos hacia un fantástico
escenario de verdes valles, estrechas gargantas, arroyos y cascadas.
Pudimos visitar la localidad de Deir el Qamar, o ciudad de los emires
(príncipes árabes), donde por primera vez vimos uno de los famosos cedros
libaneses. La principal atracción de las montañas es el Palacio Beiteddine,
construido por el Emir Becchin en el siglo XIX y actual residencia
veraniega del presidente del Líbano.
Continuando la ruta hacia el sur, se encuentra Saida o Sidón, una pequeña
ciudad portuaria
con una historia milenaria. Se debe visitar el castillo de los Cruzados,
situado en una pequeña isla que se comunica con el continente por un
puente árabe, de piedra y fortificado. Luego se podrá visitar la ciudad
antigua, con sus mezquitas, madrasas, el Caravan –sera y el viejo puerto.
Más al sur, se encuentra la ciudad de Tiro o Sour, fundada por lo fenicios
en el tercer milenio antes de Cristo. En sus antiguas ruinas romanas se
podrá encontrar el hipódromo más grande del mundo antiguo, restos de un
bellísimo arco de triunfo, acueductos y piedras que en tiempos remotos
fueron un teatro y baños romanos. Desde allí, se podrán ver los Montes de
Galilea, el límite con Israel y una pequeña capilla, que recuerda el lugar
donde la Virgen Maria esperaba a Jesús, cuando este recorría las costas
del sur del Líbano predicando los evangelios.
Uno de los recuerdos imborrables fue la visita a la antigua Caná de
Galilea, donde todavía se conservan restos de las 7 vasijas que utilizó
Cristo para la transformación del agua en vino durante el famoso milagro
de las Bodas de Caná. Nos quedamos perplejos al ver como los niños nos
entregaban como souvenir, restos de estas vasijas.
Visitamos también una gruta, en donde el relato bíblico cuenta que se
refugiaron los apóstoles y en sus inmediaciones unas piedras talladas por
ellos mismos, que dejaron impresos como en un cuento este milagro.
Ya en la cima de los montes de Galilea, nos sentamos en una roca y
nuestras vistas se perdieron en el tiempo y el espacio. Parecía que de
repente las escenas bíblicas tomaban color y se transformaban en una
realidad.
El tercer circuito recomendable, es atravesar lo montes de la Cadena del
Líbano, para llegar al valle de la Bekaa. Allí visitamos en medio de la
nieve y a 1.500 m. de altura un pequeño bosque de Cedros, conocimos una de
las bodegas mas famosas: Ksara, para una degustación de vinos, y luego
visitamos las ruinas árabes de Aanjar, rodeado de los picos nevados de los
Montes Líbano.
Como corolario del viaje: Baalbeck, el más grande tesoro romano del
Líbano. Fue construido por el emperador romano Augusto, para que nadie se
pueda olvidar de esta maravilla arquitectónica. Aun se conserva el templo
de Baco (Dios del vino), el de Venus (Diosa del amor) y el de Júpiter con
las majestuosas columnas de más de 22 m. de altura y en donde se celebra
en verano el más importante festival de arte dramático y música, del mundo
árabe. Cuando caía el sol, Baalbec pareció llenarse de colores ocres,
amarillos y rojos, como si fueran la paleta de un pintor impresionista.
Haber recorridotas las arenas blancas del Líbano, sus abruptos
acantilados, el turquesa del mar Mediterráneo, sus pueblos montañosos y su
gente incomparable, será un recuerdo imborrable.
Y mientras el avión nos traía nuevamente a la Argentina, pensábamos, con
mi esposa y mis hijas, que nuestra melancolía debía ser insignificante a
la que habrán sentido mis abuelos cuando dejaron su patria natal.
Precisamente en honor a ellos, nos comprometimos a volver a visitar esta
tierra sorprendente y fuertemente castigada por la incomprensión y el
fanatismo del ser humano.
Jorge M. Huais
Bell Ville (Pcia. De Córdoba) Argentina 14/03/05
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