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Los Andes Online

25 de marzo 2004

 

La epopeya de los inmigrantes siriolibaneses en América

Por Martha Castellino, doctora en Letras

Hay epopeyas que tienen todo el prestigio de las hazañas guerreras, el estruendo de las armas, el resonar de los bronces. De ésas, conoce y recuerda muchas la humanidad y sabe también de sus frutos a veces amargos, onerosos de vidas. Hay multitud de obras literarias, empezando por los denominados poemas épicos grecolatinos y siguiendo por los cantares de gesta españoles, dedicados a celebrar la gloria de esos actores.

Hay epopeyas guerreras, vibrantes como aceros y clarines. Pero también hay otras silenciosas, llevadas a cabo por multitud de héroes anónimos, cuyos hechos aislados no tuvieron la trascendencia de los grandes acontecimientos históricos, pero que juntos componen un gran fresco que da su verdadera fisonomía a un país, y cuyos frutos son siempre constructivos,

Y esos héroes, como fueron por ejemplo los inmigrantes que a partir de la segunda mitad del siglo XIX vinieron a poblar nuestra patria, también merecen el juglar que guarde la memoria de sus hazañas, que consistieron fundamentalmente en dos gestos por igual trascendentes: afrontar un desafío y domeñar la nostalgia.

El poeta es la conciencia del pueblo, la obra literaria, el espejo- mosaico o tapiz- que refracta la fisonomía de una sociedad. Nuestra región, nuestra patria cuyana, es tierra de inmigración y por eso es justo que una de las líneas definitorias de nuestra literatura sea la que tiene como protagonista al inmigrante, sea éste español, italiano, árabe, alemán, francés...

Una línea de la literatura mendocina que cuenta con antecedentes ilustres, desde Alfredo Bufano, con su "Ditirambo del pionneer", el que "ha venido de los cuatro costados/ del mundo, con su fuerza, su afán y su esperanza", el que "vino a sembrar sus sueños y hoy los ve florecidos" (Fausto Burgos con su novela El Gringo), ambientada en San Rafael, pasando por la colección de relatos tan justamente bautizados por Draghi Lucero: los que levantaron la Patria, hasta llegar en la actualidad más cercana a ejemplos tales como las Historia de familias de J. Correas, o en el plano de la ficción, la novela Tamara de Sara Carubín y, por cierto, este libro: Inmigración sirio-libanesa, de María Irma Azura.

La lista de obras que he mencionado es indudablemente incompleta, pero sirve a dos fines: en primer lugar, situar a María Irma Azura en una tradición consolidada y prestigiosa dentro de la literatura mendocina tanto como argentina, y por sobre todo, situar al personaje que dibujan sus páginas en la justa perspectiva de su significación histórica.

Porque Inmigración..., que relata a primera vista la saga de la familia Azura, a través del emocionado testimonio de admiración que la autora rinde en primer lugar a su padre, don Casim Azura se eleva -desde lo individual- hasta conformar un retrato que corresponde por igual al resto de los esforzados inmigrantes sirio-libaneses que en circunstancias similares vivieron análogas situaciones, afrontaron iguales desafíos. Ningún destino es igual a otro, pero quienes comparten una encrucijada histórica transitan caminos paralelos y pueden quizá reconocerse unos en otros como en un espejo. Varían las circunstancias, pero por debajo el sentimiento -la esencia- es la misma. En las páginas de su libro, María Irma habla de una familia, es cierto, una familia que conoce por herencia y sobre lo que ha podido documentarse, pero cualquier lector atento puede ver al trasluz algo más: la epopeya de todo un pueblo, la historia de muchos hombres y mujeres provenientes ya de Siria, ya del Líbano, tan justo en sí mismo, como memoria y como homenaje. A través de sus páginas se entretejen las evocaciones poéticas de las dos patrias de origen: Siria y el Líbano, y el resto de las naciones árabes:

¡Y llegaron

unos de las tierras

del Profeta Elegido

de la Mística

y legendaria República Arabe Saudí

y del país que está lejos,

pero muy adentro de nuestros corazones...

Porque el texto discurre entre dos actitudes: el de la documentación minuciosa con que se reconstruye todo un período de la vida mendocina, y el de la evocación poética, a través de una serie de poemas intercalados; asume así dos tonos: el del orgullo y el de la nostalgia. El orgullo de saberse heredero de un patrimonio cultural milenario, que además -fundido y enraizado en el tronco de la cultura occidental en España- ha producido frutos magníficos del arte denominado mozárabe. Doblemente herederos somos, pues, de esa riqueza, que nos llegó primero por España y luego por sus genuinos depositarios de siglos. Así lo manifiesta la autora en el cierre del libro:

“Los inmigrantes árabes venidos a esta acogedora tierra, la que adoptaron por segunda patria, guardan en lo más íntimo de sus corazones el querido y sagrado recuerdo de su Patria Madre y se sienten profundamente orgullosos de descender de la noble raza árabe, que tanto bien prodigó al mundo por los múltiples progresos que le legó a la humanidad, tanto en las artes como en las ciencias que plantó efusivamente y alumbró con sus resplandecientes luces y conocimientos a todo el Cosmos”.

Orgullo, sí pero también nostalgia que se hace verso y evocación amorosa:

Te amo, República Árabe Siria

por la fragancia de tus lirios

que son mis primores y

las doncellas de tus amores,

por tus caudalosos ríos

los que forman una alfombra

de pájaros blancos semejantes

a las flores de almendro y

por el dulzor de tus noches

sin luna.

Si este libro, decíamos, discurre entre dos tonos, el orgullo y la nostalgia, también nos trae el color, el sabor y el olor de dos mares: uno "el mar que nos trajo" -como ha bautizado una escritora argentina contemporánea su homenaje a los antepasados inmigrantes-, preanunciando en la tapa del volumen: ese mar " traicionero y sádico" que "reclamaba víctimas", según la vívida descripción de la autora, que no hace sino situar en su justo mérito la hazaña de nuestros padres o abuelos:

“Los vientos silbaban y las olas se levantaban hacia el cielo, como desafiando a Dios. Las aguas embravecidas barrían la superficie del buque; viajaron con una plegaria en los labios y una inextinguible fiereza en el corazón; pero la esperanza era infinita”.

Y ese mar, en las infinitas horas que duró la travesía hacia el Nuevo Mundo, el objeto de la esperanza, acuna el recuerdo de otra enorme extensión, ya no de agua sino de arena, metafóricamente llamada "mar" por la autora, y presentada en una bellísima evocación:

“Los árabes venidos a la Argentina tuvieron sus cunas en los inmensos océanos de los desiertos semejantes a los mares de arena deshabitados, de difícil acceso, de ritmo lento y silencioso a la vez, majestuoso e imponente, sin flores y sin pájaros, sin árboles y sin mariposas, ni una palmera datilera en estío como estandarte. Estos oasis espléndidos y maravillas verdes encerraban diminutos círculos de vida como arrullos de palma. Esta geografía los hizo nómades y movedizos como los vientos que jugaban con las dunas y danzaban como gaviotas; por esto mismo, sus noches románticas y tranquilas y colmadas de estrellas los hicieron soñadores, poetas y filósofos”.

Estos fueron los hombres que llegaron a estas tierras, procedentes del Líbano “Cuna del Cristianismo. Nación donde todos los días aparece el sol de Oriente. Su símbolo por excelencia eran los cedros milenarios de bellas frondas y altura superior, cuyas copas tocaban la Luna, la que de noche salía a jugar con las olas”. O de Siria “Ilustre nación de eminentes pensadores, destacados novelistas y fogosos oradores. La República Arabe Siria fue orgullo de todo sirio”, o la misma y sufrida Palestina...

Con esta evocación del pasado, de las tierras de origen, la autora prepara magníficamente el encuentro, la predestinada unión de un territorio “en esperanza”, en tensa vigilia de ser, que a partir de las páginas iniciales de la Constitución abre los brazos “a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino”. Y, por otra parte, un pueblo venido de los confines con su equipaje de anhelos:

“Los inmigrantes árabes trajeron un bagaje de sueños y costumbres. Encontraron en ese estimable suelo corazones y brazos abiertos, rostros alegres y sonrientes. Al ver estas tierras tan pródigas olvidaron, salvo nostálgicamente, un poco las suyas, y se brindaron de todo corazón a este bendito pueblo”.

El libro de Azura compone un vívido cuadro de lo que fueron esos años, en los que algo nuevo se estaba gestando. Documentación, testimonios familiares, reviven por la magia de la escritura y nos hacen un poco más dueños de un pasado que nos es particularmente entrañable:

“Con una horquilla levantaron malezas y yuyos y colocaban rieles. Después de un tiempo pasaron a vender mercaderías de veinte a veinte. Con un cashi ( bulto en la espalda) recorrían campos y pueblos para vender algo. La mayoría de los inmigrantes árabes fueron vendedores ambulantes”.

Eran, indudablemente, tiempos heroicos para hombres hechos al esfuerzo y al trabajo duro y tesonero. Así fue surgiendo el fruto de tanto esfuerzo, regado por muchas lágrimas y el sudor de tanto esfuerzo:

“Después nacieron sus hijos. Además algunos dejaron sus huesos como abono a la nueva tierra que los acogió en una suprema y bella ofrenda de amor y gratitud. En esta Argentina soberana se hicieron argentinos, por eso se los veía en las verdes campiñas vestidos de gaucho y con el mate en la mano (...) Amaron nuestras pampas con indómita y varonil pasión. Ayudaron a los criollos en los fortines, montaron a caballo. Enseñaron sus comidas y juntos comieron quebi...”

Así, este libro constituye un valioso documento, imprescindible para conocer la Mendoza de principios del siglo XX, y por lo tanto, su interés se amplía no sólo a quienes se sientan particularmente unidos por lazos de sangre a la comunidad sirio-libanesa, sino a todos los que hoy compartimos este pedacito de cielo común.

En este devenir del libro, que va de lo general a lo particular, María Irma Azura distingue tres inmigraciones: la primera, en el siglo XIX, la segunda, en las primeras décadas del XX (en la que vino Casim Azura) y la tercera alrededor de 1950:

“En esa nómina de hombres sobresalientes se encontraba don Casim Azura, oriundo de Caritaim (República Arabe Siria), el que llegó acompañado de sus hermanos Amado y Miguel Azura, vestidos a la usanza, siendo aún adolescente e imbuido del entusiasmo de la juventud y de las enseñanzas paternas que lo orientaron hacia el trabajo fecundo. El aspecto que ofrecían estas tierras (eran comarcas yermas y desoladas) no decían de sus desesperanzas y desvelos como así de sus triunfos, que fueron luego los triunfos de sus hijos”.

La autora se detiene en el encuentro de don Casim con la realidad mendocina, que podría quizás evocarle su Damasco natal, y sintetiza admirablemente su personalidad en una frase: “Don Casim Azura traía pocos sustantivos en sus baúles (recordemos que no conocían el idioma) pero sí muchos verbos, como trabajar, luchar, arar, plantar, organizar y donar”. Y así comienza la epopeya mendocina de la familia Azura, epopeya ligada al comercio y a la industria, actividades ambas de las que los Azura fueron destacados propulsores. La acción de Casim Azura se orienta así mismo a mantener vivo el recuerdo de su tierra natal, además de trabajar por el engrandecimiento de su patria adoptiva. Así, impulsa la fundación de la Sociedad Liga Patriótica Sirio Arabe, de la que fue presidente. El, junto con otros muchos inmigrantes árabes que se afincaron sobre todo en la zona de la Alameda y cuyos nombres recuerda María Irma:

“(...) son los que le dieron la fisonomía y el carácter que hoy poseen las principales avenidas de la provincia donde se instalaron y a ellos se les debe el crecimiento y el importante desarrollo comercial llevado a cabo. Todos ellos merecen no caer en el olvido porque pasaron a formar parte de la historia de nuestra sociedad argentina”.

Se completa así el itinerario que el libro propone desde el comienzo, que une dos mundos, dos hemisferios, dos culturas, a través de una figura señera.

Resulta así una contribución muy valiosa para nuestra memoria cultural, en un momento que es oportuno, recordar que la famosa "globalización" no significa olvidar las raíces, sino muy por el contrario, afirmarse en ellas para construir un fruto nuevo y aún más rico, tal como hicieron esos héroes anónimos, los inmigrantes que enriquecieron nuestra fisonomía cultural con el aporte de tantas tradiciones distintas.

Estoy convencida de que vale la pena animar a muchos otros descendientes de inmigrantes -árabes, italianos, españoles...- a que continúen agregando capítulos a esta epopeya silenciosa que da nacimiento a nuestra Mendoza, tal como la conocemos hoy en día.