Palabras del señor Presidente de la República Argentina General Juan Domingo Perón

En el banquete ofrecido por la colectividad libanesa

27 de abril de 1950

  Hace pocos días tuve la oportunidad de invitar al señor ministro a una cena íntima en mi casa, donde cumplí con un acto de inmensa satisfacción para mí, porque era una de las pocas veces en que podía tener el honor de condecorar con la orden peronista a un funcionario extranjero que, en misión de amistad, de sinceridad y de lealtad, llegaba a nuestra tierra. En esa medalla de la orden peronista rezan solamente dos palabras de alta significación: "Leal amigo".

            Quienes como yo han tenido en su vida por oficio la conducción, la instrucción y el manejo de hombres, no necesitamos mucho para leer con absoluta clarividencia los pensamientos y los sentimientos de los ojos de esos hombres.

            Por otra parte, señores, veo en el ilustre visitante, señor ministro Takla, el reflejo de una colectividad que ha forjado con nosotros la presente grandeza de la Nación Argentina. Veo en él a esos nobles y esforzados libaneses que he visto a lo largo de todo el territorio de la Patria, quienes, en todas las ocasiones, en todos los momentos, han honrado a su tierra con su trabajo en la Argentina.

            Para la Nueva Argentina, hay dos virtudes por sobre todas las demás virtudes. Frente a nuestra tierra ubérrima y todavía no explotada, frente a todo lo que hay que hacer en nuestra Patria, reverdecen esas dos virtudes que la Nueva Argentina considera las fundamentales para nuestros hombres: la sencillez y el trabajo. Eso es lo que nuestra Patria está pidiendo de nuestros hombres y mujeres: que con la sencillez de los grandes hombres, sepan realizar lo único útil que los grandes hombres realizan: el trabajo.

            Este mensajero de la milenaria tierra del Líbano, portador de una amistad que siempre nos brindaron cada uno de los libaneses que nos hicieron el honor de compartir el pan y la vida argentina, simboliza la llegada de ese pueblo que durante toda su existencia luchó por una libertad recientemente conquistada, a esta tierra que ha venido bregando cien años por una libertad que esperaba y que ahora ya ha conquistado.

            La amistad de los hombres, como la amistad de los pueblos, es sólo posible entre hombre y entre pueblos libres. Los que luchamos por esa libertad, los que sentimos que la misma es superior a la vida, porque es la dignidad, sin la cual la vida no merece ser vivida, nos estrechamos hoy, a través de miles de kilómetros, con la sinceridad de los hombres libres que han sabido luchar y ofrecer su vida por esa libertad.

            Por eso, señores, sea bienvenido a esta tierra el señor ministro, portador de esa lealtad y sinceridad del noble pueblo del Líbano, al que apreciamos porque hemos aprendido a amarlo en el trabajo común y en el sacrificio frente a la madre tierra que, allá como aquí, forma hombres sencillos y de trabajo, que son los que la Patria necesita.

Yo le pido al Excelentísimo señor ministro y a su noble esposa que, al regresar al Líbano, lleven junto con el cariñoso saludo de esta colectividad honrada y laboriosa el corazón de un argentino que, si ama a su tierra, porque es la suya, quiere también al Líbano porque entre nuestros pueblos existe la comunidad de una lucha.

Y pedirle al señor ministro que transmita nuestros saludos en un estrecho abrazo al presidente del Líbano y que le lleve desde esta tierra noble y sencilla el aplauso que los hombres nobles y sencillos tributan a los héroes que están confirmando, en los días presentes, la lucha que culminara en la suya, quiere también al Líbano porque entre nuestros pueblos existe la comunidad de una lucha.

Señores, deseo brindar por la eterna felicidad del Excelentísimo señor presidente del Líbano y de su noble tierra, por la salud y prosperidad de esta pareja tan simpática como admirable y porque cada día la amistad entre la República del Líbano y la Argentina sea más profunda, más indestructible y más eterna.                        

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