|
Hace pocos días tuve la
oportunidad de invitar al señor ministro a una cena íntima en mi casa,
donde cumplí con un acto de inmensa satisfacción para mí, porque era
una de las pocas veces en que podía tener el honor de condecorar con la
orden peronista a un funcionario extranjero que, en misión de amistad,
de sinceridad y de lealtad, llegaba a nuestra tierra. En esa medalla de
la orden peronista rezan solamente dos palabras de alta significación:
"Leal amigo".
Quienes
como yo han tenido en su vida por oficio la conducción, la instrucción
y el manejo de hombres, no necesitamos mucho para leer con absoluta
clarividencia los pensamientos y los sentimientos de los ojos de esos
hombres.
Por otra parte, señores, veo en el ilustre visitante, señor
ministro Takla, el reflejo de una colectividad que ha forjado con
nosotros la presente grandeza de la Nación Argentina. Veo en él a esos
nobles y esforzados libaneses que he visto a lo largo de todo el
territorio de la Patria, quienes, en todas las ocasiones, en todos los
momentos, han honrado a su tierra con su trabajo en la Argentina.
Para la Nueva Argentina, hay dos virtudes por sobre todas las demás
virtudes. Frente a nuestra tierra ubérrima y todavía no explotada,
frente a todo lo que hay que hacer en nuestra Patria, reverdecen esas
dos virtudes que la Nueva Argentina considera las fundamentales para
nuestros hombres: la sencillez y el trabajo. Eso es lo que nuestra
Patria está pidiendo de nuestros hombres y mujeres: que con la
sencillez de los grandes hombres, sepan realizar lo único útil que los
grandes hombres realizan: el trabajo.
Este mensajero de la milenaria tierra del Líbano, portador de
una amistad que siempre nos brindaron cada uno de los libaneses que nos
hicieron el honor de compartir el pan y la vida argentina, simboliza la
llegada de ese pueblo que durante toda su existencia luchó por una
libertad recientemente conquistada, a esta tierra que ha venido bregando
cien años por una libertad que esperaba y que ahora ya ha conquistado.
La amistad de los hombres, como la amistad de los pueblos, es sólo
posible entre hombre y entre pueblos libres. Los que luchamos por esa
libertad, los que sentimos que la misma es superior a la vida, porque es
la dignidad, sin la cual la vida no merece ser vivida, nos estrechamos
hoy, a través de miles de kilómetros, con la sinceridad de los hombres
libres que han sabido luchar y ofrecer su vida por esa libertad.
Por eso, señores, sea bienvenido a esta tierra el señor
ministro, portador de esa lealtad y sinceridad del noble pueblo del Líbano,
al que apreciamos porque hemos aprendido a amarlo en el trabajo común y
en el sacrificio frente a la madre tierra que, allá como aquí, forma
hombres sencillos y de trabajo, que son los que la Patria necesita.
Yo le
pido al Excelentísimo señor ministro y a su noble esposa que, al
regresar al Líbano, lleven junto con el cariñoso saludo de esta
colectividad honrada y laboriosa el corazón de un argentino que, si ama
a su tierra, porque es la suya, quiere también al Líbano porque entre
nuestros pueblos existe la comunidad de una lucha.
Y
pedirle al señor ministro que transmita nuestros saludos en un estrecho
abrazo al presidente del Líbano y que le lleve desde esta tierra noble
y sencilla el aplauso que los hombres nobles y sencillos tributan a los
héroes que están confirmando, en los días presentes, la lucha que
culminara en la suya, quiere también al Líbano porque entre nuestros
pueblos existe la comunidad de una lucha.
Señores, deseo brindar por la eterna felicidad del Excelentísimo señor
presidente del Líbano y de su noble tierra, por la salud y prosperidad
de esta pareja tan simpática como admirable y porque cada día la amistad
entre la República del Líbano y la Argentina sea más profunda, más
indestructible y más eterna.
|