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Un artículo de Mohamad
El Bradei, publicado en el diario libanés, The Daily Star,
julio 2009.
El Presidente Obama ha dado nuevo impulso a los esfuerzos
por el desarme nuclear, estancados durante una década. Se ha
comprometido personalmente con un mundo libre de armas
nucleares y reconoce la relación entre la no proliferación
nuclear y el desarme por parte de los países que cuentan con
dichas armas.
Obama ha prometido revitalizar el Tratado de No
Proliferación de Armas nucleares de 1970 (NPT), que tiene
por objetivo evitar la difusión de armas nucleares. El
régimen de no proliferación, del cual el TNP es la piedra
fundamental, está desorganizado. Se pueden identificar
fácilmente sus principales problemas.
Primero: las cinco principales naciones con armas nucleares
no han tomado seriamente su obligación de trabajar por el
desarme nuclear, como establece el TNP. En lugar de ello,
insisten en que las armas nucleares son esenciales para su
seguridad y continúan modernizando sus arsenales. Esto les
quita toda autoridad moral para persuadir a otros de no
adquirir estas armas, que siguen siendo una fuente de poder
e influencia, y una póliza de seguro contra ataques.
Segundo: como hemos visto en el caso de Corea del Norte, no
hay nada que impida que los países que firmen el tratado se
retiren, después de aducir que “hechos extraordinarios” han
puesto en peligro sus intereses supremos.
Tercero: la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA)
– que debe supervisar el sistema de no proliferación - no
tiene suficientes fondos. Cuando hay que determinar si un
país está llevando a cabo un programa encubierto, sus
inspectores tienen a menudo las manos atadas, porque:
- carecen de la autoridad legal para acceder a todos los
lugares que consideran necesarios,
- los laboratorios de la AIEA están desactualizados,
- la agencia no tiene un acceso adecuado a imágenes
satelitales.
Cuarto: los controles de exportación no pueden evitar la
difusión de alta tecnología nuclear, debido a los sistemas
sofisticados de las redes clandestinas. Nueve países poseen
armas nucleares, y se sabe que otros – sobre todo en
regiones en conflicto – tratarán de hacer lo mismo.
Además, varios países con programas de energía nuclear están
en condiciones de fabricar armas nucleares en meses, si
cambian sus percepciones en cuanto a su seguridad, porque
han dominado la tecnología fundamental: enriquecimiento de
uranio y reprocesamiento de plutonio. Si otros países siguen
este camino, podría ser el talón de Aquiles de la no
proliferación.
Quinto: la comunidad internacional, encabezada por el
Consejo de Seguridad, se ha visto paralizada muchas veces
frente a los desafíos de la seguridad internacional y ha
sido ineficaz en su respuesta ante los supuestos casos de
proliferación nuclear.
Estos temas no se pueden resolver de un día para otro. Pero
hay mucho que se puede hacer en poco tiempo. Los Estados
Unidos y Rusia han comenzado negociaciones para hacer
grandes reducciones de sus arsenales nucleares, que en
conjunto conforman el 95 % de las ojivas nucleares del
mundo.
Otras medidas serían:
- hacer vigente el Tratado de Prohibición Completa de
Pruebas Nucleares;
- negociar un tratado para terminar con la producción de
material fisible para armas nucleares;
- mejorar la seguridad física de los materiales nucleares y
radioactivos, (que es vital para evitar que caigan en manos
de terroristas), y
- fortalecer la AIEA.
He propuesto una medida clave para fortalecer la no
proliferación a las autoridades de IAEA: establecer un banco
de uranio de bajo enriquecimiento (UBE) para garantizar el
abastecimiento a países que necesitan combustible nuclear
para sus reactores de potencia. El banco no podrá utilizarse
para fabricar armas. Tal mecanismo será esencial en las
próximas décadas, a medida que más y más países incorporen
energía nuclear.
Mi propuesta es crear un stock físico de UBE a disposición
de la AIEA, como último recurso para los países que sufran
una interrupción de su abastecimiento por razones no
comerciales. Esto les daría la seguridad de que sus plantas
nucleares pueden seguir funcionando, y que por lo tanto no
necesitan desarrollar sus propias capacidades de
enriquecimiento de uranio o reprocesamiento de plutonio.
Esto podría evitar la repetición de las experiencias de Irán
después de la revolución de 1979, cuando no se cumplieron
los contratos de combustible y tecnología para su programa
nuclear. Treinta años más tarde, se sienten todavía algunas
de sus consecuencias.
El UBE podría estar disponible para los países, en base a
criterios no políticos y no discriminatorios. Sería
accesible a precios de mercado para todos los Estados que
cumplieran con sus obligaciones de seguridad nuclear. No se
obligaría a ningún Estado a renunciar al derecho de
desarrollar su propio ciclo de combustibles.
Los fondos para crear el banco de UBE están, sobre todo
gracias a una ong, la Iniciativa de la Amenaza Nuclear. Pero
éste es sólo un primer paso. Deberá ser seguido de un
acuerdo que establezca que todas las nuevas actividades de
enriquecimiento y reprocesamiento se realizarán
exclusivamente bajo control internacional, y que las
instalaciones ya existentes pasarán de un control nacional a
otro internacional.
Ésta es una idea osada, pero las ideas osadas se necesitan
ahora más que nunca. La oportunidad de colocar todo el ciclo
de abastecimiento nuclear bajo el control internacional se
perdió hace 60 años debido a la Guerra Fría. La difusión de
la tecnología nuclear y el riesgo creciente del terrorismo
de este tipo hacen imperioso que hagamos las cosas bien esta
vez.
Mohamed ElBaradei, Director General de la Agencia
Internacional de Energía Atómica.
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